Recuerdo la impotencia que le daba al
sentir que los demás no comprendieran que
crecer es solo una forma de desintegrarse mas
rápido.
Y que la meta a la que aspiras es solo
el cúmulo de decisiones que crees que debes tomar para volver a sentirte como cuando
creías que el agua del mar era azul.
También me acuerdo que dos días antes
de morir
me escribió una carta diciéndome que
si alguna vez la volvía a ver,
tan solo sería un reflejo. Que
coexista con la triste idea de que ella no lo volvería a hacer.
Yo entonces seguía raspandome las
rodillas y odiando las visitas al dentista.
No fue hasta muchos años después que
comprendí su letra difusa. Debió de haber llorado un río para que
la tinta se corriese de aquella manera, tan extrema, tan cruel.
A veces, la veía caminar en forma de
promesa. La oía como un susurro vagando entre conversaciones insignificantes, que hablaban de prisa e hipótecas. Y me quedaba escuchando aquel sonido hasta que se disipaba.
Era amante de lo vulnerable. Susceptible a los cambios de estación. Solía coleccionar pedacitos de
corazones rotos por si alguna vez alguien reclamaba su trozo. Por si encontraba un cartel de se
busca, con restos de sangre y pegamento.
Buscaba a alguien que pulsara su botón
de reinicio, porque ella sola no sabía cómo funcionar. Y por las noches, se colaba por las
ventanas de los que se juraban amor eterno.
A veces, cuando la luna está llena me
parece verla reflejándose en el mar, bañándose desnuda, tirándose
en la arena, como cuando creíamos que el océano era azul.
Y solo entonces, recuerdo con qué
bonito nombre firmó aquella carta.
Cuando visites su tumba, no te olvides de leerla,
y recuerda, que en su epitafio pone
"aquí yace la ilusión".
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